Irán cierra de facto el Estrecho de Ormuz, desviando el tráfico marítimo global y amenazando el suministro energético de Europa
El Estrecho de Ormuz, el principal corredor marítimo para el petróleo del Golfo, ha sido cerrado de facto. El tránsito se ha desplomado a mínimos históricos, reducido en algunos momentos a apenas una decena de buques autorizados, bajo un estricto control selectivo por parte de Irán. Este bloqueo abrupto ha alterado el equilibrio del comercio energético global y ha reactivado la alarma internacional sobre la vulnerabilidad de estas arterias vitales. Europa, altamente dependiente de esta vía, se encuentra ahora entre las regiones más expuestas a una disrupción prolongada.
La crisis, enmarcada en la escalada entre Irán, Estados Unidos e Israel, ha transformado este cuello de botella comercial en un punto de fricción geopolítica y militar. El paso, que en condiciones normales supera el centenar de buques diarios, ahora opera en un contexto de militarización, ataques y despliegue de minas navales. Esta presión selectiva sobre el tráfico representa una forma de coerción económica y un desafío directo a la libertad de navegación.
La búsqueda de rutas alternativas para reordenar el tráfico marítimo se ha convertido en una prioridad estratégica urgente. La inestabilidad en Ormuz no solo amenaza con provocar picos en los precios de la energía, sino que también fuerza una reevaluación de las cadenas de suministro globales y de la seguridad de los corredores marítimos. La dependencia europea de este estrecho la coloca bajo una presión inmediata, impulsando la necesidad de diversificar fuentes y rutas en un escenario de creciente tensión.